Como un ratón de laboratorio en la entrada de un laberinto, observado bajo lupa por científicos aburridos, atentos a cada movimiento que realizo y anotando en un cuaderno todas y cada unas de las veces que no consigo encontrar la salida. Perdido, miro avergonzado hacia arriba a los ojos de mis criadores, como disculpándome por no saber hallar la solución de esta encrucijada.
Agradecido como el que más, porque aunque veo la decepción en sus ojos, cada vez que llega la hora de comer, nunca me falta mi plato y aún sabiendo que en ocasiones, sus métodos para estimularme no son los más idóneos, sé que desean que encuentre ese queso al final del laberinto. Pero hay días en los que esos intentos de motivación se transforman en un incremento de inclinación en mi cinta de correr y a veces se inclina que tanto que incluso resbalo y vuelvo a caer, y sinceramente, ya tengo las manos dañadas de tantas caidas y cada vez me cuesta más levantarme, ya que tampoco a muchos se le pasa por la cabeza desconectar la cinta para darme un respiro.
Y la verdad, que las cosas no están saliendo exactamente como desearía, pero seguro que no soy al único que le pasa, sé de quien se consuela con achacarlo a golpes de suerte, o en este caso, que la mala suerte se ceba con uno mismo, otros intentan convencerme de que resulta que todo lo que pasa a nuestro alrededor es por culpa de alineaciones astrales o del día, mes y año en que uno nace, incluso hay quien se consuelan con ese famoso "Mal de muchos...". La verdad, que no me gustaría verme tan acorralado en este laberinto, como para tener que recurrir a estas respuestas.
Por eso, quizás sea hora de empezar a reconocer que la solución es mucho más fácil, que quizás la salida la tengo delante de mis ojos y que es el miedo a defraudar una vez más, el que no me permite ver el pomo de la puerta que está bajo el letrero de Exit. Tal vez, como un juglar he magnificado los hechos para hacerlo todo más épico y así incrementar aún más esta presión. Y quizás es hora de reconocer que soy yo quien vivo con mi peor enemigo, con el que tengo que cargar a cuestas todos los días y hasta que no consiga que reduzca su peso, siempre me retrasará en mi camino.
Hoy gracias a ti, puedo presumir de haber recargado mis fuerzas, ya que eres un luminoso de luces de neón que indicas la salida, un ventanal en un calabozo, una bocanada de aire bajo el agua, esa bebida energética cuando las fuerzas empiezan a desaparecer, el pañuelo que seca mis lágrimas, la amortiguación de mis caidas y el lápiz que dibuja una sonrisa en mi cara. Quizás, por eso me siento tan necesitado de tu presencia. La ilusión de volverte a ver, me hace reirme de todo. Por eso, por aportarme el lado más positivo de mi vida, GRACIAS.
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